La mafia de las geishas

La mafia de las geishas

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La mexicana Lydia Cacho recorrió el mundo investigando el tráfico de mujeres para fines sexuales, una lacra que afecta a 1,39 millón de personas cada año. Tras cinco años adentrándose en el mundo de las mafias, la escritora entrega “Esclavas del Poder”  un perturbador libro sobre la peor forma de esclavitud actual, recién publicado en Chile y del que entregamos un adelanto.

Rodha es una mujer hermosa de piel alabastrina y una cabellera pelirroja que ningún tinte podría imitar. Sus grandes ojos verdes parpadean al ritmo de las palabras más intensas mientras habla. Me visita en mis oficinas de Cancún, y no sólo está dispuesta a contarme su historia, sino que además ha llegado con un donativo para el refugio de mujeres y niñas que dirijo. Su capacidad de compasión parece inagotable. Hasta que me adentré en su historia y viajé a Japón no pude comprender cabalmente por qué esta norteamericana dedica su vida y su obra a una misión de justicia. Así narra su encuentro con la cultura japonesa.

“La libertad, cuando no conoce límites, puede ser tan destructiva como peligrosa. Acababa de cumplir dieciocho años y me liberé de mis padres. Me sentía tan viva, tan excitada por esa libertad recién adquirida: era un día que había esperado durante mucho tiempo. Toda mi vida había estado en una caja de cristal. Mi cajita contenía familia y religión, eso es todo, no conocía nada fuera de esa caja. Escuela cristiana, ir a la iglesia tres veces a la semana, “tiempo de Biblia” diariamente; cada semana estudio de las Sagradas Escrituras… Mi vida transcurría entre la historia del bien y el mal, pero no conocía absolutamente nada de la maldad real. Tenía la mentalidad de una niña de cinco años, en el sentido de inmadurez, para comprender el mundo real. Mi gran debilidad fue no haber sido educada para enfrentarme al mundo humano más allá de los preceptos religiosos y las fantasías televisivas; no me proporcionaron conocimientos y nunca desarrollé herramientas para protegerme de la violencia. Mi libertad despertó una necesidad de viajar, una urgencia que no podía ser frenada.

Cuando cumplí los diecisiete años decidí que en cuanto tuviera dieciocho viajaría a Japón con un contrato para cantar. Me habían descubierto y sabía que debía aprovechar la oportunidad. Contra las recomendaciones de toda mi familia, hice las maletas y me preparé para explorar Asia con mi voz y mi música. Mis padres estaban asustados. Al principio se negaron, pero mi padre se encargó de revisar el contrato y asegurarse de que no me exigieran usar minifaldas o ropa provocativa para cantar. Mi primer viaje fue un sueño. Quedé fascinada con la cultura y las costumbres japonesas, aunque luego descubriría que sus sonrisas artificiales y sus modos amables son una forma de hipocresía social. Ellos ven a los norteamericanos como una sociedad sin orgullo, y piensan que somos incapaces de contener nuestras emociones, por eso nos desprecian, pero eso lo aprendí mucho después. Mi primer viaje me hizo creer que todo era hermoso y que podría triunfar.

Volví a casa en mi pueblo sureño de Estados Unidos y vi un anuncio en el periódico en el que buscaban cantantes y edecanes en Japón. La agencia era diferente de la primera, pero me gustó porque ofrecía mucho más dinero”.

El club nocturno al que Rodha llegó a trabajar era de lo más elegante. Sentada al lado de un rico empresario japonés, mientras bebía un whisky con Coca-Cola, ella intentaba responder a la pregunta que le hacía asegurándole que, efectivamente, todo el pelo de su cuerpo era del color rojo brillante de su melena. Luego, la llamaban a otra mesa y seguía departiendo con los distinguidos clientes; sin embargo, ya habían pasado varios días y aún no le habían permitido cantar, diciéndole que debía esperar. Justo a la semana comenzaron a llegar los yakuzas. Muchas jóvenes del mundo que se acercan a las élites de mafiosos quedan impresionadas por el aire de misterio y lujo que los rodea. Así lo cuenta Rodha:

“Me sentí invadida por un azoro total: “¡Vaya, mafiosos de verdad!, me dije en silencio. ¡Como en las películas!”. Pero los mafiosos reales y la más cruel maldad humana no conectaron entre sí dentro de mi cerebro adolescente. Más tarde, demasiado tarde, me enteré de que esa noche estaba siendo ofrecida a los compradores. Era un club de venta de esclavas finas”.

La joven había firmado un contrato para cantar y eventualmente grabar un disco. Al principio sólo realizaba un trabajo de edecán, pero ella estaba encantada: los tragos se servían gratis y el ambiente era sofisticado. A los dieciocho años creyó que estaba experimentando una entrada en la vida adulta. Sin embargo, con el paso de las semanas comenzó a sentirse enojada e inquieta, y exigió que la llevaran al club en el cual debía cantar -como la primera vez-. Reclamó que no estaban cumpliendo con su contrato de trabajo, el mismo que su padre había revisado. Poco a poco se reveló el principio de la pesadilla: Su abogado se había quedado con la visa y el boleto de regreso, argumentando que los necesitaba para obtener un permiso de trabajo. Además, en lugar de entregarle el apartamento que señalaba el contrato, la tenían hospedada en un hotelucho cuya habitación era casi del tamaño de un armario. Por si eso no fuera suficiente, no había una sola persona norteamericana a su alrededor con la que pudiera hablar: estaba sola.

Una madrugada, cuando los clientes ya se iban, una geisha adolescente llamada Miko la invitó a bailar en otro club:

“Me sorprendió, las geishas son malas y déspotas con las extranjeras. Miko difícilmente me dirigía la palabra, así que me dejó perpleja con la invitación, pero me sentí halagada, y pensé: “¡Tal vez ahora le caigo bien y podré tener una amiga!”. Así que me fui con ella, creyendo que el hecho de que otras jóvenes adolescentes japonesas me vieran con la geisha haría que se acercaran a mí. La mayoría de las edecanes eran japonesas, sólo estábamos una niñita de China muy bella, otra niña de Filipinas y yo. Llegamos a un club en el sexto piso de un edificio. Cuando entré con ella me pareció extraño que no hubiese nadie bailando; de hecho, no había más que un grupo de diez hombres, y todos eran japoneses. Noté que alrededor de las mesas redondas estaban sentados los yakuzas, quienes actuaron como si nos estuvieran esperando. Reconocí a un par de ellos que habían estado antes en “nuestro” club. Estaba absolutamente fascinada con esos elegantes mafiosos. Los miraba como si fueran una novedad, y para mí lo eran, con su dedo meñique mutilado (para pedir perdón a su jefe de la mafia cuando cometen un error, los yakuzas se cortan el meñique y lo entregan en señal de fidelidad. Sólo así son perdonados). En mi mente inmadura no podía verlos como lo que en realidad eran. Su poder y riqueza son impresionantes, y yo, como otras adolescentes, me dejé llevar por el asombro de ese poder. En lugar de hacer una leve reverencia como la que acostumbran todos los japoneses a modo de saludo, la gente saluda a los yakuzas casi besándoles los pies”.

Luego de haber escuchado la historia de Rodha en América, ya en Japón seguí las huellas de los bares y rutas en los que operan los yakuzas. Quería conocer el ambiente que Rodha describía.

Eran las nueve de la noche. Caminaba por el barrio de Ginza, el equivalente japonés a la Quinta Avenida de Nueva York. Sabía lo que buscaba. Paseaba lentamente con mi pequeña cámara fotográfica y mi videocámara. De pronto vi salir a tres jóvenes geishas de un callejón y me acerqué. Tras ellas salieron dos hombres con traje negro por una puerta sin señalizar que era vigilada por un guardaespaldas alto e impecablemente vestido. Decidí filmar la escena, y de inmediato el vigilante se dirigió a mí con un tono iracundo. Le dije que era una turista que estaba filmando mi viaje. “Nihongo Wakaranai” (“No sé hablar japonés”), le decía. A continuación, le pregunté en inglés poniendo cara de ingenua: “¿Por qué le molesta?”. Él simplemente me tomó del brazo, me llevó hacia la avenida y me dijo en japonés que me largara de allí. Caminé dos manzanas y entré en un pequeño restaurante para revisar mi material, comer algo y recuperar el aliento. Más tarde, cuando le pregunté a un policía si aquél era un bar yakuza, me dijo que muy probablemente, pero que ellos no podían demostrarlo porque los mafiosos “no quebrantan la ley”.

Rodha contra los dragones
“Miko y yo estábamos sentadas, rodeadas de esos mafiosos, y me sentía impresionada de que hombres como ellos, como en las películas, quisieran estar de parranda conmigo. “¡Qué aventura!”, pensé. Me pidieron que cantara una canción en el karaoke y canté la única que conozco en japonés. Encantada con los aplausos, luego me senté a beber el trago que habían ordenado para mí.

Quince minutos después de tomar el trago, me sentí muy pesada. Nunca había experimentado esa sensación al beber alcohol. Algo estaba mal, de pronto me sentí como si hubiesen inyectado cemento en mis venas. Un par de yakuzas me levantaron de los brazos y me llevaron hacia el elevador. No podía comprender lo que estaba sucediendo, les hablaba en inglés y no respondían. ¿Dónde estaba Miko? ¿Por qué estaba dando vueltas el edificio? Una vez dentro del elevador ya no sentí las piernas, las rodillas se me doblaron y uno de los yakuzas me cargó como si fuera una niña”.

La joven estaba consciente, pero su cuerpo permanecía paralizado. Al salir pudo ver una larga fila de Mercedes-Benz y luego perdió el conocimiento. Se dejó ir, aterrorizada; en su mente sabía que algo estaba muy, pero muy mal. Más tarde descubriría que la habían drogado para que formara parte de una ceremonia sexual.

“Me desperté en medio de una bruma mental, estaba completamente vestida, sentada en un sofá. Miré a mi alrededor. Era una suite impresionante, lo más lujoso que jamás hubiera visto. Había una enorme cama redonda en el centro, sofás, un sauna y lo que parecía un cuarto de vapor. A mi mente vino un poco de tranquilidad: tal vez me había mareado el alcohol y esos hombres me habían ayudado a subir a su suite para que descansara un poco.

Posteriormente aparecieron ante mí varios yakuzas desnudos, sólo cubiertos por una toalla en la cintura (en todos los prostíbulos y salas de masajes de Japón, los hombres se bañan antes de tener sexo con las prostitutas). Absolutamente todo su cuerpo estaba tatuado. Sentada en el sofá, el miedo se apoderó de mí, sentí que me consumía el terror. Finalmente vinieron a mi mente las palabras de mi tío Jim. Él no quería que mis padres me dejaran viajar a Japón, insistía en que allí se llevaban a las jovencitas para hacerlas esclavas sexuales. “¡Trata de blancas!”, lo había llamado mi tío. De pronto, en un ataque, me levanté y corrí hacia la puerta. Antes de que me diera cuenta, tres yakuzas estaban deteniéndome, uno de ellos golpeó mi cabeza contra la pared y oí el crack de mi cráneo. No pude más y me desmayé”.

Cuando Rodha despertó, estaba desnuda en la cama con los ojos vendados. Obviamente los hombres que la habían violado no querían ser reconocidos. Dos agentes del FBI a quienes entrevisté sobre este caso me aseguraron que la consistencia de la historia de Rodha y la coincidencia detallada con otros testimonios de las pocas estadounidenses rescatadas de los yakuzas les habían dado elementos suficientes para entender el grado de crueldad de esos mafiosos. Para realizar una ceremonia de unión entre ellos, eligen a una mujer que les sirve de objeto ritual.

“Estoy segura de que el primero que me violó era el jefe de la secta Yamaguchi-gumi, llamado 0293845 0934, él era jefe de unos 38.000 miembros de la secta de yakuzas en aquellos tiempos. Durante la noche la venda se cayó, literalmente, de mis ojos. Eso no debía estar sucediéndome. Yo era de verdad una buena chica. En secundaria había ganado los concursos a la más sensible y los concursos de talento artístico. Recuerdo llorar casi en silencio mientras se turnaban. Me decía “Mamita, mamita, por favor”, pero sólo oía las risas masculinas. Finalmente, cuando ya no pude más, comencé a gritar el nombre de Jesús. Ellos se miraban entre sí, tratando de entender el significado de mis palabras. “¡Dios mío, ayúdame!”, seguía gritando. Supongo que el nombre de Dios hizo que uno de ellos se enojara mucho, pues me abofeteó con fuerza. Mis gritos eran más como susurros, por el miedo, el cansancio y la droga”.

Rodha ha contado su historia un centenar de veces: con una valentía inusitada, es una de las pocas sobrevivientes de los yakuzas que han sido capaces de hablar públicamente, de ayudar a las autoridades con datos exactos, nombres y descripciones de lugares y personas. Sin embargo, los efectos del estrés postraumático en ella son evidentes. Una víctima no puede revivir una u otra vez todos los detalles de su historia creyendo que no la afecta y sin detenerse a buscar sanación. La joven es consciente de ellos, y nutre su fuerza de fe religiosa. Está convencida de que Dios le permitió salir viva de Japón para decidirse a salvar a otras jóvenes como ella. Después de nuestro encuentro me escribió una carta:

“Esa noche morí. Era el 21 de abril de 1989. ¿Quién soy desde aquel entonces hasta hoy, en 2007? No lo sé, lo único que sé es que soy una criatura de Dios.

Durante veinticuatro horas, unos 40 hombres me violaron de todas las formas posibles. Uno de ellos tenía una fijación con las niñas, me cargó y me arrullaba como si fuera un bebé, me metió en el jacuzzi y me bañó cantando muy suave, como un psicópata. Era calvo, musculoso y con el típico tatuaje en todo el cuerpo de los yakuzas. Todo eso era aterrador ¡Yo, que crecí en un hogar religioso, protector, estaba allí en manos de esos hombres!

A él le faltaban dos dedos. Jamás imaginó que aquello le costaría otro dedo. Yo no estaba dispuesta a dejar que se salieran con la suya. Las cosas que me sucedieron durante los tres días siguientes dentro de esa suite son inenarrables, inconcebibles para la mayoría de los seres humanos. Cada uno tenía sus propias perversiones. Algunos me introdujeron objetos, de tal forma que tuve grandes hemorragias. Hasta la fecha, las cicatrices que me dejaron en los genitales me impiden ser madre”.

Tres días después, mientras dos yakuzas dormían en la suite, la joven se levantó, y desnuda salió corriendo hasta llegar a la calle. Comenzó a golpear las puertas del vecindario sin saber cómo pedir ayuda, y lo único que se le ocurrió fue gritar: ¡Yakuza, yakuza!”. Finalmente, una niña le abrió su apartamento y ella entró corriendo. La pequeña llamó de inmediato a la policía y cubrió el cuerpo dolorido de Rodha con una pequeña bata tipo quimono.

La narración de la joven sobre el trato de los policías japoneses es prácticamente idéntica a las que escuché en México, Colombia, Guatemala, Tailandia y Rusia: son insensibles, no tienen empatía con las víctimas y les transmiten la noción de que son prostitutas y carecen de derechos. La policía japonesa suele humillar en público a las jóvenes sometidas a la trata para fines sexuales. En el caso de Rodha, lo verdaderamente impresionante fue que, luego de sacarla del hospital, la llevaron adonde había sido vendida para que allí mismo reconstruyera “su versión de los hechos”. Golpeada, desgarrada y aterrorizada, vestida tan sólo con unas zapatillas y la bata que le había obsequiado la niña que la rescató, tuvo que testificar.

“Recuerdo haber subido las escaleras por las cuales había escapado. Ahora iba acompañada por policías. Al llegar al piso de la suite, había un enjambre de reporteros, cámaras y micrófonos. En un inglés muy básico, atacándome con sus cámaras y micrófonos, me hacían mil preguntas y yo sólo podía verlos. Tenía la mente en blanco y no podía hablar. Entré en estado de shock y así estuve durante un año.

Esa noche, semidesnuda, cubierta sólo con el quimono, murmuré un par de respuestas, pero no recuerdo qué dije. No entendía cómo habían llegado allí los reporteros. La policía abrió la puerta de la suite y se llevaron evidencias como las sábanas llenas de sangre, objetos de la basura, etcétera”.

Las siguientes tres semanas fueron una locura. Las autoridades llevaron a Rodha a una casa de seguridad situada a dos horas de la ciudad. Pasaba todo el día declarando en la comisaría de policía.

La obligaron a recostarse en una mesa para que explicara con detalle, frente a los oficiales, todo lo que le habían hecho. Revisó cientos de fotografías de criminales y logró identificar a varios de los yakuzas. Cuando logró superar el shock nervioso, llamó a sus padres: “Tardé más de dos semanas en atreverme a llamar a mi madre y a mi padre para contárselo todo, en parte por el estado de shock y en parte por la vergüenza que sentía tras lo que me había sucedido. Mientras pasaba todo esto, a nadie se le ocurrió decirme que había una embajada norteamericana con personas que hablaban mi idioma”, dice Rodha con un aire de decepción. Pero su atrevimiento no ha sido en vano, pues gracias a ella muchas organizaciones internacionales, incluidas las japonesas, han puesto su mirada en las estrategias operativas de los yakuzas. Como yo misma pude corroborar, están muy bien organizados y tienen más fuerza y poder que nunca. Su mercado principal es el comercio sexual.

Escribo un correo a Rodha para despedirme y decirle que estoy lista para emprender mi viaje a Japón. Cariñosa y emocionada, me da claves y tips para saber dónde buscar a los tratantes. A manera de despedida, me envía una impresionante canción grabada para exorcizar a los demonios yakuzas de su mente llamada “Dragons” que se puede escuchar en myspace.com/rodhakershaw.

 Periodista bajo amenaza
La investigación encubierta no es novedad para esta periodista nacida en Ciudad de México, activista en la defensa de los derechos humanos, que vive en Cancún y que creó ahí el CIAM, una institución dedicada a la protección y educación de mujeres víctimas de la violencia. Hace años ya que Lydia Cacho se dedica a denunciar el abuso y el comercio sexual en todas sus formas. Su valentía y capacidad de denuncia quedó clara en 2005, cuando publicó el libro “Los Demonios del Edén”, en el que acusó al empresario mexicano de origen libanés Jean Succar Kuri de estar involucrado en una red de pedofilia, apoyándose en testimonios de sus víctimas y videos de él. Por este tema, fue demandada por difamación y enviada a la cárcel. En febrero de 2006 se hicieron públicas varias conversaciones telefónicas en que planeaban arrestarla, golpearla y abusar de ella con el objetivo de acallarla. Las Naciones Unidas le han recomendado abandonar México, pero la periodista sigue fiel a su obsesión: ponerle fin a la violencia, a través de su trabajo de investigación.

Fuente: diario.elmercurio.com

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